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De un garito a las Vegas

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Desde que ganó el Campeonato del Mundo y 1,8 millones de euros (300 millones de pesetas) con un nueve de diamantes, The Killer (el Asesino) no ha dejado de sembrar el terror sobre el tapete verde. La dorada ciudad de Las Vegas se ha rendido ante el embrujo del español Juan Carlos Mortensen y le ha encumbrado con el apodo más mortí­fero. En Estados Unidos también los llaman Bonnie and Clyde, aunque ellos (el jugador y Cecilia, su inseparable compañera) no perciben mucha similitud entre su vida y la de la legendaria pareja de asaltantes de bancos. Pero en los ambientes del Póquer de Los Ángeles, en los casinos de Las Vegas, Atlantic City o Missouri, los jugadores más veteranos ya han establecido un simpático paralelismo entre la romántica aventura de estos dos españoles y la de aquellos personajes de pelí­cula.

Juan Carlos es un madrileño de 29 años de ascendencia danesa y ecuatoriana. Su especialidad, como demostró el pasado mes de mayo, es el texas holdem, una modalidad de Póquer abierto que genera un negocio de miles de dólares. El nuevo Póquer arrasa en Estados Unidos y ya se juega con asiduidad en capitales europeas como Parí­s, Viena, Estocolmo, Helsinki o Londres.

El primer español en proclamarse campeón mundial aprendió hace cuatro años a fajarse con el texas holdem. Recibió su bautismo de fuego en un par de casas de juego de Madrid, donde lo practicaba un reducido grupo de aficionados, a la espera de su legalización. «Desde muy pequeño juego bien al billar y al ajedrez», recuerda este joven, el quinto de seis hermanos. «Un dí­a estaba en un club de billar de Madrid y vi en una mesa cómo se jugaba un Póquer extraño. Me enseñaron las reglas y enseguida me gustó». Hasta que se convirtió en un jugador profesional, el campeón habí­a trabajado casi siempre como camarero. «El primer año que me dediqué por entero al juego ganaba lo suficiente en Madrid como para dejar mi trabajo. Y al siguiente año emprendí­ la aventura americana».

Su primer destino en Estados Unidos fue Atlantic City, una nueva meca del juego situada en la costa Este y que pisa los talones a Las Vegas. En apenas un par de semanas el anónimo jugador ya desplumaba a sus primeras ví­ctimas. Desde Atlantic City hizo visitas fugaces a Las Vegas y California. Hace dos años decidió instalarse en Estados Unidos. En aquella época, y jugando sólo al texas holdem, habí­a meses que ingresaba hasta 6.000 euros (un millón de pesetas).

¿Y Clyde? La rubia esposa del campeón es un soporte fundamental. «En Cecilia tengo el apoyo que necesito para mi vida y mi profesión. Ella es quien me da ánimos antes de los torneos y quien me apoya en las derrotas. De verdad, sin Ceci no hubiera llegado a esto», dice Juan Carlos. De hecho, Cecilia fue de las pocas personas que no dudó un momento en que fuera a proclamarse campeón. Para ello, el Asesino tuvo que llevarse por delante a más de 600 profesionales, en su mayorí­a estadounidenses.

El Campeonato del Mundo de Texas Holdem se celebra por eliminatorias de mesas de nueve jugadores. El torneo se prolonga durante cuatro o cinco dí­as, hasta que se llega a la selección de los últimos nueve jugadores. Pero hasta los 25 primeros tienen derecho a algún premio millonario. Como el que se llevó Charles Glorioso, un párroco católico de una iglesia de Luisiana que ganó 72.000 euros (unos 12 millones de pesetas) por quedar el duodécimo en el torneo, ganancias que destinó a las necesidades de los indigentes de su diócesis.

En la sala de Póquer del Binions Horseshoe nadie daba un centavo por el español. Pero aquel viernes 18 de mayo, Juan Carlos soltó un estruendoso «¡viva España!» mientras se daba en la cabeza con uno de los fajos de 100 dólares. Todas las miradas se dirigieron hacia aquel desconocido de aspecto desaliñado que vestí­a camiseta y gorra. Acababa de ganar dos millones de euros y su apodo. Ahora goza de unas posibilidades verdaderamente envidiables para cualquier jugador. Los inversores guardan cola para patrocinarle. Esto quiere decir que el próximo año, si quisiera, podrí­a jugar algunas partidas sin arriesgar su banca.

El casino que vio nacer al nuevo campeón, el legendario Horseshoe, se encuentra en la zona de Fremont de Las Vegas, el área histórica donde se desarrolló el fabuloso negocio del juego. Aunque hoy los casinos se han trasladado a otra parte de la ciudad, desde que el gánster Bugsy tuvo la descabellada idea de abrir un hotel de lujo, el Flamingo, en un arrabal desértico. Ese páramo alberga en la actualidad los alojamientos de lujo y casinos más glamourosos del mundo, como el Caesar’s Palace, una horterada preciosa que reproduce en su interior la Roma imperial. Junto a la fuente de Apolo se encuentran boutiques de Gucci y de Armani bajo un cielo artificial que anochece y amanece cada seis horas. El visitante que llega por primera vez a Las Vegas también se ve deslumbrado por otros hoteles como el Bellagio, con una reproducción en miniatura del lago de Como, flanqueado de restaurantes italianos de lujo y en cuya planta superior se puede visitar una exquisita colección de obras de arte del siglo XX, con cuadros de Dalí­, Picasso o Van Gogh; el Venetian, donde se puede navegar por unos canales artificiales con gondoleros auténticos fichados en la ciudad adriática a golpe de talonario; el Mirage, en cuyo vestí­bulo dos enormes tigres albinos se aburren en una urna de cristal mientras miles de peces tropicales de alucinantes colores también se aburren en un enorme acuario; el Treasure’s Island, donde cada tarde se celebra en un estanque una batalla naval con barcos casi a escala real y actores y acróbatas; o el MGM, el casino y hotel más grande del mundo, con más de 5.000 habitaciones.

Pero es en la añeja zona de Freemont donde el Póquer tiene su patria y donde hoy reina nuestro compatriota. «Después del campeonato sufrí­ durante un mes un bombardeo publicitario. Me llamaban de todas las radios, televisiones y periódicos de Estados Unidos, y también muchos españoles y de América Latina», comenta en una terraza de Madrid horas antes de partir para un torneo en los Campos Elí­seos de Parí­s. «Claro que mi vida ha cambiado desde entonces. Todo el mundo nos conoce y nos saluda en los lugares donde habitualmente nos movemos en Estados Unidos. Los mejores jugadores quieren enfrentarse conmigo alguna noche y también algún millonario que quiere contárselo a los amigos».

¿Y qué se puede hacer con dos millones de euros llovidos del cielo? «Con la pasta, pues bueno, la verdad es que el único capricho que nos hemos concedido es un BMW de 72.000 euros (unos 12 millones de pesetas) y el anillo de diamantes que le regalé a Cecilia», dice con orgullo el campeón, mientras ella muestra la palma y mueve los dedos para mostrar la joya.

«El mundo del Póquer no tiene nada que ver en Estados Unidos y en España. Yo, de hecho, tengo que vivir allí­ porque en mi paí­s todaví­a está en ví­as de legalizarse, lo cual me parece increí­ble. En casi todas las naciones desarrolladas es un juego legal. ¿Qué ocurre en España? ¿Acaso somos subdesarrollados?». Al Asesino le puede la pasión cuando habla del juego. «También la percepción de la sociedad es muy diferente. En España, en cuanto comentas que juegas a las cartas en plan profesional, muchos piensan que eres un enfermo, que te vas a meter en un mundo raro y peligroso. En América, sin embargo, es casi como un deporte de elite. Somos más de 100 profesionales que seguimos un circuito parecido al del golf. Vamos de torneo en torneo a San José, Los Ángeles, Las Vegas».

La pareja está viviendo la aventura de su vida. Cuando partieron hacia Estados Unidos sus últimos trabajos habí­an sido camarero y secretaria.»En cuanto empezó a hacer dinero ya no me dejó trabajar», dice Cecilia. La pareja vive ahora en una bonita casa en Las Vegas, «tiene una piscina, muchas habitaciones y muchos cuartos de baño», dice la joven, también de 29 años, que estudió varios cursos de arte dramático.

Cuando viajan, los Bonnie and Clyde del juego se hospedan en hoteles de cinco estrellas. Aunque ahora ya no tienen mucho tiempo para dedicarse a sus actividades favoritas de ocio: piscina, gimnasio, televisión… «También le he pillado el punto al golf», dice el campeón, «me relaja muchí­simo después de horas y horas jugando de noche en un ambiente cerrado, en el que afortunadamente ya no se permite fumar». En el futuro inmediato piensa dedicarse también al submarinismo, después de conseguir el pasado mes de septiembre el tí­tulo en Mallorca. El campeón del mundo ya ni se acuerda de cuando tení­a 17 años y se puso a trabajar en una peleterí­a nada más terminar el COU.

¿Y su familia? ¿Qué piensan de toda esta aventura sus padres, ya jubilados, que viven en Madrid? «Al principio de mi estancia en Estados Unidos les dije que trabajaba de crupier, para no preocuparlos. Más tarde se enteraron de que jugaba al Póquer porque me vieron una vez en una entrevista en televisión, cuando fui al primer Campeonato del Mundo, que perdí­ en la primera ronda. Esta vez les llamé cuando ya estaba en la final y también cuando gané el torneo. Se emocionaron, claro, son mayores y me quieren mucho», cuenta con un tono inocente. Porque él y su mujer dan la impresión de ser un par de adolescentes, ambiciosos y ávidos de conocer el mundo. Juan Carlos guarda la picardí­a y la frialdad para el tapete, donde se transforma en una máquina de desplumar incautos y no tan incautos. De ahí­ su apodo.

Mecido por el triunfo, asegura que va a jugar todaví­a muchos años y que va a batir marcas. «Me quedan al menos 30 años de profesión y estoy seguro de que voy a hacer historia en el mundo del Póquer», dice. Y es que sus victorias no son, en ningún caso, casualidad o producto de la suerte. Ya antes de conquistar el Campeonato del Mundo ganaba lo suficiente como para vivir sin preocupaciones. «Y a los pocos dí­as de mi victoria en Las Vegas gané otros kilitos en California», dice con una pí­cara sonrisa.

Su leyenda no ha dejado indiferentes a los grandes jugadores. Una noche, se encontraba saludando a decenas de admiradores en el casino Commerce de Los Ángeles. Allí­ estaban también Johnny Chan, campeón mundial en dos ocasiones, Phill Helmut, campeón del 89, y Eric Seitel, subcampeón en el 87, quienes lo invitaron a sentarse en una mesa de apuestas fuertes. Al cabo de unas pocas horas Juan Carlos se levantó con unas ganancias de 27.000 euros (unos 4,5 millones de pesetas).

El juego del español rompe los esquemas de los expertos. Nunca se habí­a visto un tipo tan frí­o, con una intuición tan asesina y unos faroles tan descarados que desconciertan y abaten a sus rivales. La noche de aquel 29 de mayo demostró con creces su valí­a y su forma cerebral de jugar. Cuando le quedaban en la mesa final cuatro jugadores, éstos le propusieron un trato: se detení­a la partida, se le concedí­a el tí­tulo de campeón y se hací­a un reparto equitativo de la suma de los tres premios, ya que el vencedor se llevaba el millón y medio de dólares, el segundo 1.100.000 y el tercero 700.000… Pero rechazó la propuesta. «Sabí­a que iba a ganar», recuerda. El desconocido jugador sorprendió totalmente a los high rollers, los grandes apostantes profesionales que se dan cita en los torneos más importantes y que mueven millones de dólares. Y también a su último oponente, el veterano Dewey Tomko, de 54 años. «O todo o nada», le habí­a retado el español en la jugada final. Tomko ya se veí­a campeón cuando el crupier anunció su carta, «tres de diamantes». No se podí­a esperar que su joven rival completara su escalera con el nueve de diamantes.

Ahora, Juan Carlos Mortensen prepara la próxima temporada. Después de jugar en el prestigioso Aviation Club de France, en Parí­s, irá a la británica Isla de Man, a Viena… «Pero lo que tengo en mente es el Campeonato del Mundo del próximo año, que aspiro a volver a ganar; un doblete serí­a estupendo…».

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