Inicio Jugadores de poker Si Dan Bilzerian fuera más discreto, se llamaría Bill Perkins

Si Dan Bilzerian fuera más discreto, se llamaría Bill Perkins

310

El programa de poker más mí­tico de la historia, High Stakes Poker, duró siete temporadas, emitidas entre 2006 y 2011. Muchos piensan que le sobró la última. Es difí­cil quitarles la razón. Ya no estaban A.J. Benza ni Gabe Kaplan -este último recién sustituido por un insoportable Norm McDonald-; a Negreanu se le notaba que estaba hasta los huevos de aparecer como el pardillo del programa; faltaban rostros tan carismáticos como Farha o Elezra y juntaron a demasiados amateurs sin pedigree televisivo.

Pero tuvo un punto álgido. El debut de Bill Perkins, un emprendedor texano que aportó algo de lo que estaba vací­a esta aciaga última temporada. Irradiaba ganas de divertirse jugando al poker. Charlatán, arriesgado, expresivo,… Perkins rompió el molde de invitado desconocido que solo pretendí­a no ser destripado en directo y se puso a la altura de sus rivales tanto en el juego como en la agresividad. Cumplió con la obligación no escrita de regar la mesa con algo más de 100.000$ y se ganó la simpatí­a del espectador.

Perkins también tení­a un punto cí­nico, menos amabel, que pudimos ver en toda su expresión unos meses después en la segunda temporada de The Big Game. Este era un programa de PokerStars en el que un clasificado online -el «loose cannon»- tení­a que hacer crecer lo máximo posible un stack de 100.000$ frente a cinco pros, con el fin de quedarse las ganancias. A Perkins le invitaron a formar parte de una partida con Phil Hellmuth y el «loose cannon» que más impacto causó en la audiencia en lo que duró el programa, el italiano Massimiliano Martí­nez.

Se lo pusieron a huevo, y Perkins no defraudó. Tuvo una pelotera terrible con Phil Hellmuth, que tuvo que ser editada en postproducción, y los faroles de Massimiliano le permitieron aparecer como el tipo impertérrito que es cuando de poker se trata.

¿De dónde sale el dinero que se juega tan alegremente?

El equipo de marketing de PokerStars, productora del programa, le adjudicó el sobrenombre de «The Businessman», el hombre de negocios. Como presentación, de él bastaba saber que residí­a en Houston, Texas, que estaba casado y tení­a tres hijos y que manejaba un variado fondo de inversión. También era un apasionado del cine, y producí­a pelí­culas con una compañí­a propia.

Pero ese remedo de biografí­a no hací­a sino restarle méritos. Perkins es un gurúde un mercado bursátil muy especializado, el de la energí­a. Empezó como simple agente en el mercado de materias primas de Nueva York, y luego pasó a trabajar para diversas empresas del sector -El Paso Energy, Statoil, Zahr Securities y AIG-.

Sus conocimientos llamaron la atención de los reclutadores de Centaurus, la empresa del inversor más respetado en el campo en el que trabajaba Perkins, John D. Arnold. El antiguo responsable de la cartera de gas natural de Enron tomó a Bill como su protegido y ambos vivieron una etapa plena de éxitos que Perkins complementaba con su empresa personal, Small Ventures Ltd., su aventura cinemátográfica, y con la sabia inversión de los importantes dividendos que le generaba su gestión.

Como cuando ganó 1.250.000$ en plena crisis de las hipotecas subprime apostando por el reflote de Goldman Sachs. A Perkins le gustó la posición del banco acerca de los activos tóxicos, así­ como su capacidad de capitalización. Cuanto más bajaban sus acciones, más tí­tulos compraba, y cuando se produjo el esperado repunte, liquidó sus beneficios.

Lo que es más tremendo es que a Bill no le importa lo más mí­nimo dejar traslucir su excesiva personalidad a golpe de billete. Como la recuperación de Goldman Sachs no se produjo como premio a la solvencia que él le suponí­a, sino al vergonzoso anuncio de que el Tesoro estadounidense iba a evitar la quiebra de Wall Street a base de inyectar dinero público, Perkins cogió buena parte del dinero que ganó con la operación y le pagó a un dibujant, para que hiciera una caricatura de Bush y de los máximos responsables del Tesoro, y al New York Times, para que la publicara a página completa en varias ediciones.

Hasta en la sopa

Después de que Perkins ya se hiciera un nombre en el mundillo del poker, por sus apariciones televisivas y por hacer sus primeros pinitos en el circuito de los High Rollers, su carrera aún darí­a un salto mayor. Arnold se jubiló prematuramente en 2012, y Perkins se estableció por su cuenta, convirtiendo su proyecto de toda la vida, Small Ventures, en un fondo con valor de 600.000.000$ llamado BP Consulting, especializado, por supuesto, en el mercado del gas natural.

Su involucración en la galaxia pokerí­stica sufrió una expansión equivalente a la de sus negocios. De billonario puesto a merced de los más hambrientos vampiros del fieltro pasó a regular de los High Rollers y si hoy asocias inmediatamente su rostro cuando lees su nombre en un titular, es porque Bill Perkins ha decidido derramar su amor por el poker en toda cuanta aventura le proponen.

Desde que los principales High Rollers chinos tuvieron problemas con las autoridades por sus negocios ilegales de apuestas deportivas, Perkins es el amateur más viajero de este circuito. Nunca falta al PCA y se ha dejado ver por Londres, Barcelona y Montecarlo, a menudo porque acepta participar en programas como Shark Cage, que se graban durante el EPT. Forma parte de la plantilla de los Berlí­n Bears, uno de los equipos de ese experimento mediático sobre poker que es la Global Poker League, y acaba de ser uno de los 49 participantes de la Super High Roller Bowl, el torneo de los 300.000$.

Lo que no le asegura tan buena disposición es que las cartas le sonrí­an. El resumen de su carrera es tirando a mezquino, cuatro cajitas entre las que destaca un premio de siete cifras por quedarse a las puertas del heads-up en el High Roller de One Drop 111.111$ de las WSOP 2013.

¿Qué te juegas a que esta es tu parte favorita?

Y lo mejor de todo -sobre todo para nosotros, seamos sinceros- es que su actividad fuera de las poker rooms genera tantos titulares como su pericia con las cartas. Más, deberí­amos decir.

Hay que pararse a explicar un poco el titular escogido para esta reseña de la vida de Bill Perkins. El nombre de Dan Bilzerian no está elegido al azar. Son grandes amigos y compañeros de timba. A Bill no le importa hacerse fotos con las señoras de las que se rodea Dan mientras navegan en yates de lujo o viajan en jet privado, pese aser un hombre familiar. Se rumorea que no existe hí­gado en la Tierra capaz de tumbar a Bill cuando se pone a ingerir alcohol y su resistencia a la hora de prolongar la fiesta ha inspirado sonetos.

Lo que ocurre es que, hasta hace bien poco, Perkins era mucho más discreto que Dan a este respecto. íšltimamente se está soltando, y es debido a que este tipo de anécdotas y rumores sobre su forma de devorar la vida suelen acompañar a su gran pasión por las prop bets.

¡Oh, sí­! Perkins es el amo de las prop bets. El maestro de del pique. Su imaginación para el reto personal es inigualable.

Esta misma semana hemos publicado su última idea sobre cómo probar la capacidad atlética de sus colegas. Byron Kaverman va a tener que terminar un Ironman en 13 horas por no saber quedarse callado ante un «no hay huevos…».

Antes que él, y siempre con un montón de pasta de por medio, Bilzerian y Brian Rast fueron en bici de Los Ángeles a Las Vegas y Jeff Gross se tatuó los colores del orgullo gay en la espalda, justo debajo del cuello.

Gross es uno de los objetivos preferidos de Perkins para este tipo de apuestas. Le hizo abstenerse de beber alcohol durante un año, eliminar la harina de su dieta e incluso han discutido las condiciones que rodearí­an la realización de un salto en caí­da libre desde la estratosfera.

Pero la que más cola ha traí­do últimamente es la que hizo con Antonio Esfandiari y que le costó al «Mago» la expulsión en la última PCA. Según los términos acordadosEsfandiari solo podí­a desplazarse por el Atlantis realizando unos ejercicios gimnásticos llamados «lunges», extensiones de pierna.

Las agujetas y el escaso tiempo disponible en los descansos obligaron a Esfandiari a inventar una solución para ir al baño durante el festival. No se le ocurrió otra cosa que adoptar el tópico recurrente de los grinders online y llevarse una botella vací­a a la mesa para orinar en ella. Como es lógico, sus compañeros de mesa no estaban por la labor de ayudarle a ganar la apuesta.

Antonio no parece el más atinado a la hora de buscarle las cosquillas a Perkins. También aceptó una apuesta basada en la castidad. En los primeros dí­as de una nueva prop bet, Esfandiari se dio cuenta de que un año sin sexo -ni siquiera alivios autoinfligidos- se le iba a hacer larguí­simo, y pagó gustosamente sin cumplir las dos primeras semanas del plazo.

Pues ese es Bill Perkins, charlatán y pendenciero en la mesa, eterno en la juerga y maquiavélico en las prop bets. Un Bilzerian mucho más fácil de digerir. Un tipo dispuesto a remangarse para ayudar a engrandecer el poker y darle exposición pública.

Si no eres Phil Hellmuth, imagino que te habrá caí­do bastante bien.

Fuentes: PartTimePoker, LinkedIn, PokerStars.tv, GPI, PokerBankrollApp, PokerTube, PokerStars blog, Reuters, Wall Street Journal, CNBC, Business Insider,

Artículo anteriorEl valenciano Ricardo Cuerda también se mete en el día 2 del Colossus
Artículo siguiente13 cajas españolas en el Colossus II