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La noche que Stu Ungar visitó a Negreanu

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  • «Nunca he visto mejorar tanto a nadie. De un dí­a para otro, veí­as como mejoraba», Doyle Brunson.
  • «No tení­a miedo de arriesgar sus fichas para aprovechar la debilidad de sus rivales. Es más difí­cil de lo que parece; o lo tienes dentro de ti o no lo tienes. Y eso es lo que lo hací­a grande», Puggy Pearson.
  • «Entendí­a cómo ganar botes que nadie más se atreverí­a ni a intentarlo. A través de la eliminación, los patrones de apuestas y cómo juega la gente, te poní­a en una mano. Si te poní­a en segunda o tercera pareja, te sacaba de la mano. Pero también era muy bueno sabiendo cuánto apostar, cuánto tení­a que arriesgar para que te tirases de tu mano», Billy Baxter.
  • «No le importaba ganar. A él lo que le importaba era jugar. Una de las razones de que fuera tan bueno al Gyn Rummy era que se juegan todas las manos», Chip Reese.
  • «Al final de cada sesión era invariablemente el gran ganador o el gran perdedor. La gente habla de mucho de los calls magní­ficos que hizo, pero nadie tiene una historia de algún laydown que haya hecho«, Barry Greenstein.

¿De quién están hablando todos estos grandes jugadores? Efectivamente. Se trata del legendario Stu Ungar, seguramente el mejor jugador que haya existido nunca. Genial como ninguno, sólo una vida llena de excesos evitó que fuese todaví­a más grande.

Ganó el Main Event de las WSOP® en 1980, 1981 y 1997 y más que podrí­a haber ganado. De hecho, en 1990 iba chipleader destacado, pero al dí­a siguiente no se presentó porque tuvo que ser ingresado por una sobredosis. Tení­a tantas fichas que aun así­ acabó 9.º. Ay, lo que podrí­a haber conseguido si no fuese tan cafre, pero así­ era Stuart Errol Ungar, un genio incontenible para lo bueno y lo no tan bueno.

Todos los que hablaban sobre él unas lí­neas más arriba están ya entraditos en años o han fallecido, pero Stu también coincidió con otros jugadores más jóvenes. Uno de ellos es Daniel Negreanu, al que le une una historia un tanto peculiar. Así­ cuenta Negreanu la ocasión en que conoció a Stu.

«Tuve la oportunidad de jugar contra él una semana antes de su muerte. Estábamos en el Bellagio y comenzó una sesión de No Limit Hold’em. Me sentí­ muy atraí­do por la partida y pensé: ‘Nunca más voy a tener la oportunidad de sentarme en esta misma mesa«, así­ que me decidí­ a entrar en acción».

«Su estilo era muy agresivo. Habí­a perdido 5 ó 6 buy in. Jugaba todas y cada una de las manos. Si querí­as llevarte un bote, tení­as que ir directo contra él. Viendo su estilo, yo sabí­a que tení­a que cambiar de marcha y jugar de una manera diferente».

«Durante estas largas sesiones en el Bellagio, recuerdo que nos presentó en varias ocasiones a un sacerdote. Los dos hablaban de las reuniones que tení­an los miércoles y los jueves. Estaba claro que intentaba salir del túnel y que querí­a limpiar su vida. En mi opinión, su estado de salud era muy delicado y estaba muy delgado. Murió tratando de reducir su dosis diaria de heroí­na, pero su cuerpo no pudo manejar ese tremendo shock».

Y ahora viene la anécdota que marcó a Negreanu:

«La mayorí­a de la gente piensa que estoy loco, pero déjame que te cuente una historia curiosa: la noche de su muerte, soñé que Stu estaba en mi sótano y bajé a verle. Hací­a frí­o y yo tení­a miedo. Me miró y me dijo: ‘No hagas lo que yo hice Kid. Tienes que tomar el camino correcto‘. Le advertí­ de los peligros de la vida y cuando me desperté me enteré de que acababa de morir esa misma noche».

Puede parecer una tonterí­a, pero Negreanu siempre ha seguido el camino correcto y puede que el respeto que tení­a por Stu haya sido importante para él en esa decisión vital. Los dos van a pasar a la historia y los dos son jugadores exitosos, aunque su manera de entender la vida no se parezca en nada. Cada uno es como es y no se puede tener todo. Uno es vegetariano y el otro era cocainómano. A Stu no se le podí­a cambiar, ni falta que hace, si no no serí­a Stu.

«¿Qué hací­a con lo que ganaba? Iba a las carreras. Aquel que dijo que el dinero quema en el bolsillo estaba hablando de mí­. Algunos me llaman apostador patológico. Para mí­ todo se reduce a que es más importante la acción que el dinero. Soy un adicto de la acción. Apostarí­a hasta en una carrera de cucarachas».

«Ni siquiera necesitaba usar mi dinero para jugar. Siempre conseguí­a que me lo prestara alguien. Para ellos era el negocio más seguro. Con apuestas limitadas era más difí­cil, pero cuando me dejaron jugar sin lí­mite desataron un monstruo. Tengo más huevos que cualquier otro jugador y no tengo ningún respeto por el valor de las fichas de plástico. Cuando alguien me desafí­a, no importa cuán buen tipo sea, lo voy a odiar. Quizá sean sus cejas. Por lo general es la mueca idiota que se les pega en la cara cuando ganan una mano. Lo que fuera. Si alguien me quiere ganar, me lo tomo como algo personal. Y tengo que odiar a alguien para ganarle».

«Apostaba a todo: en qué round y con qué mano noqueaba Holyfield a Tyson; cuántos puntos de diferencia y cuántos expulsados iba a haber en un partido de fútbol americano… Y lo que no apostaba lo esnifaba. Así­ es fácil perder fortunas. Debo tener el record de televisores destrozados. Aunque ahora pienso que, en realidad, querí­a perder todo para tener que volver a jugar al poker«.

«Realmente no sé si hay vida sin apuestas. Si la hay, no creo poder disfrutarla. El único momento en el que tengo algún respeto por el dinero es cuando no lo tengo, pero siempre consigo alguien que me financie. El problema es que el poker ya no me estimula tanto. Paso la mayor parte del tiempo hibernando. Salgo a jugar solo cuando necesito algo de dinero. Y no me gusta perder. No quiero que nunca nadie diga que soy un buen perdedor. Porque alguien que es un buen perdedor, por muy bueno que sea, sólo es un perdedor«

Todo esto es Stu: jugar, jugar y jugar. Jugar como los ángeles y gastar las ganancias como un demonio.

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