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Todo el mundo sabe de poker

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Hace un par de años, cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba o salí­a la conversación por cualquier casual, me costaba decir llanamente que me dedicaba a jugar al poker, porque nunca sabí­a la reacción que esto iba a provocar en las diferentes personas con las que me encontraba, y no siempre me apetecí­a entrar en explicaciones. Ahora dices que te dedicas al poker, y todo el mundo juega o tiene un amigo que juega y, además, gana un pastón.

Recuerdo cuando decidí­ que iba a dedicarme al poker de una manera seria. A mis padres no les pilló de sorpresa porque siempre he tenido una estrecha y abierta relación con ellos y, aunque fue mi decisión, es algo de lo que les hice partí­cipes desde el principio, al igual que me sucedió con los amigos más allegados. Pero luego estaban aquellos amigos no tan cercanos, o aquellos familiares a los que, a pesar de que los quieres, no tratas de una manera tan profunda. Estos no podí­an evitar echarse las manos a la cabeza y algún que otro comentario tuve que escuchar pidiéndome que tuviera cuidado para no perder mi casa.

¿Y cuándo me fui a Las Vegas la primera vez? Una tí­a mí­a estaba en un sin vivir: «Mira que la niña, irse a las Vegas, con todos los mafiosos que tiene que haber allí­… ¿Pero qué se le ha perdido a la nena en Las Vegas? Yo he oí­do que a la gente la entierran en el desierto…» Es lo que tiene el ver CSI, que todo es tan cientí­fico, que algunas personas acaban creyendo que todo lo que sale ahí­ es real. El poder de la televisión.

Pero ese mismo poder ha hecho que las cosas cambien radicalmente de un tiempo a esta parte, y apenas nos hemos dado cuenta. Programas con personajes famosos jugando al poker, importantes torneos internacionales que son retransmitidos y narrados por comentaristas que son asimismo profesionales de este juego, jugadores nacionales llamados por diferentes programas para ser entrevistados y que casi siempre acaban contando por qué llevan una gorra y unas gafas de sol para jugar… Todas estas cositas han ido acercando lo que era nuestro pequeño mundo al resto del mundo.

Muchos, como yo, pensábamos que esto serí­a algo bueno. Que así­ la gente no nos verí­a como ludópatas o bichos raros que no saben tener un trabajo «en condiciones». Pero, para ser sincera, ahora ya no estoy tan segura de que esto sea algo bueno.

Hace unos meses fui a mi peluquerí­a de siempre. Mi peluquera me conoce desde hará unos diez años, sabe perfectamente a qué me dedico y que viajo de vez en cuando para jugar algún que otro torneo. También sabe que siempre me llevo un libro a la peluquerí­a porque no me gustan las revistas de cotilleos ni, en general, todo eso que se denomina prensa rosa, así­ que nunca entra conmigo en conversaciones que versen sobre la duquesa de Alba y su novio. De buenas a primeras y para mi sorpresa, invade mi momento de lectura con una serie de comentarios parecidos a estos: «El otro dí­a salió en la tele una niña moní­sima que también juega al póker. Qué maja y qué simpática. Contando por qué se pone una bufanda para jugar. Yo que pensé que en esos sitios harí­a frí­o y por eso iban todos tan abrigados y algunos hasta con la capucha puesta… Pues me pareció muy maja, sí­. Y es muy buena jugando. ¿Es amiga tuya?».

Por un momento pensé en decirle que habí­a visto en la tele una entrevista a Rupert, que me pareció un peluquero buení­simo y que si era amigo suyo… Pero al final contesté con un escueto «Sí­». ¿A qué estaba contestando que sí­? Pues a todo y nada, la verdad. Me daba igual, yo sólo querí­a seguir con mi libro y no me apetecí­a empezar a explicar que aunque casi todos los habituales nos conocemos de vista, amigos, lo que se dice amigos, como pasa en todas las profesiones, poquitos. ¡Ah! Y que en los casinos suele hacer un frí­o del carajo, eso también es verdad. 😉

No soy una persona maniática, pero sí­ que tengo ciertos hábitos muy consolidados y que ya forman parte de mi forma de vivir, mi rutina diaria. Por ejemplo, me gusta siempre tener un bar muy cerca de mi casa al que poder ir a tomarme un café, acompañada de un buen libro, y aislarme del mundo para disfrutar de esos momentos de cafeí­na, cigarrillo y lectura. Sé que no soy muy buena cliente, porque puedo tirarme dos horas ocupando una mesa para tomarme un par de cafés.

El caso es que, a mi regreso a Madrid después de estar viviendo unos años en Marbella, mi bar de confianza habí­a cambiado de dueños y ya no era tan de confianza. Empecé a investigar por mi barrio, hasta que, casualidades de la vida, terminé por instalarme en el que está justo debajo de mi casa, que también es restaurante. No tienen mesas en el bar, pero la barra es bastante cómoda.

Al principio todo iba bien hasta que se empezó a correr la voz a cerca de mi profesión. No sé muy bien cómo pasó esto, es algo que no logro entender, porque no me imagino a la gente diciendo: «Eh, tú, ¿te has enterado? El chico ese que viene todas las tardes a tomarse un café es mecánico». Pues para mí­ esto es lo mismo. Incomprensible.

El caso es que, ayer mismo, cuando bajé a tomarme mi cafelito, tuve que aguantar estoicamente la conversación, de más de media hora, de un tipo que sí­ es mecánico y trabaja en el taller de en frente. Manos y más manos de póker, porque juega por Internet y, por supuesto, gana dinero. Tras una hora escuchándole y, la verdad, opinando poco o nada, se me ocurre hacerle la pregunta del millón: «Perdona, pero no sé si juegas limit o NL ¿y en qué niveles juegas?». Haceros una idea de cómo este hombre me contaba sus manos para que yo, después de una hora de explicaciones, aún no supiera detalles como esos… y lo que es más importante, qué tipo de manos me estarí­a contando para que a mí­ me pareciera relevante saber el nivel de apuestas. Respuesta: «Juego en limit en 0,05-0,10». Acabáramos. No es que tenga nada contra los micro lí­mites, pero encima jugando limit, por experiencia sé que ahí­ un reraise sirve para echar a la gente de una mano de igual manera que le sirve a un fumador un cenicero en una moto.

Cuando ya creo que por fin me libro de este hombre y puedo seguir con mi lectura, aparece el «Casinero» por el bar. Le he bautizado así­ porque siempre lo sabe todo de los casinos de Madrid. Y desde que descubrió que yo me dedico a esto, les deja mensajes a los camareros para mí­ en plan: «dile a tu amiga que el sábado se juega un torneo en Aranjuez de 50». Cuando voy al bar y me dan el recadito, resulta que yo ya sé que el torneo no se juega ese sábado, sino al siguiente, y que es de 50+5 con un rebuy de 50 y un addon de 50. El «Casinero» es de todo menos una persona informada. La buena intención siempre se la agradezco. Lo que me revienta es la primera semana del mes, cada vez que, por el motivo que sea, no he ido a jugar el mensual de Torrelodones. El recadito que deja a los camareros siempre es el mismo: «¡Cómo no ha ido tu amiga a jugar el mensual! Yo sí­ lo he jugado… no ha habido suerte… pero una vez quedé segundo». En fin, yo una vez acerté 4 en la primitiva y no se lo estoy recordando todos los dí­as al lotero… bueno, la verdad es que me tocó el reintegro, pero para el caso es lo mismo.

La cuestión es que el «Casinero» no se quedó mucho, lo justo para contarme lo que habí­a ganado el dí­a anterior en las mesas NL de Torrelodones… y que el tí­o ese que sale en las revistas y que es un buení­simo jugador de poker es amigo suyo y estuvo cenando una vez con él en ese mismo restaurante. Cuando averigí¼e quién es el tí­o ese que sale en las revistas os lo cuento, porque yo a mis amigos los suelo llamar por su nombre, pero ahí­ no salí­a un nombre por ningún lado. 😉

Intento meterme otra vez en mi libro, pero nada, imposible. Aparece el vecino del 2º con su mujer a tomarse cubatas. Y claro, ya que me ha pillado por banda, a contarme con todo detalle el torneo que ganó la noche anterior por Internet. Cuatro horas de torneo resumidas en una, que puestos a resumir, lo podí­a resumir en una frase: jugué 4 horas y gané el primer premio de 180$. No es que no me interese conocer la trayectoria de cualquier jugador en un torneo cualquiera online con un buy-in de 3$ y un primer premio que no llega a los 200$… bueno sí­, la verdad es que no me interesa. Pero al hombre le hace ilusión contarlo y para que no me escape, me invita a otro café.

Podrí­a extenderme muchí­simo más contando casos de personas que he conocido recientemente y que vienen a contarme sus batallitas con el juego. Pero todos son más o menos lo mismo. Todos han empezado a jugar online al poker hace unos meses, todos se llevan unos badbeats de órdago porque los demás son muy malos pero tienen suerte, todos te cuentan cómo jugar y dónde… y lo peor de todo: todos ganan. Yo debo ser el único «pescao» de mi barrio que admite llevar perdiendo pasta en las mesas online varios meses. ¿De mi barrio? Sí­, parece ser que mi barrio es más grande y abarca más de lo que pensaba. 😉

Cuando por fin consigo llegar a mi casa, por inercia, enciendo el ordenador, cojo un cenicero y el tabaco, el móvil, lo coloco todo al lado de la pantallita y me siento en mi sillón. Miro alguna página de póker antes de empezar a jugar y un par de noticias apuntadas en el Facebook llaman mi atención: pepito61 (por llamar de alguna manera a un jugador español que podrí­a ser cualquiera de nosotros), se lleva el primer premio del torneo de 10K de tal sala; y Peter Brown, (por llamar de alguna manera a un jugador profesional mundialmente conocido, con varios tí­tulos en su haber y algún que otro brazalete), lleva perdidos en lo que va de mes más de 200.000$.

Me quedo mirando a la pantalla ensimismada y me digo: ¿Será que solamente pierden los jugadores mundialmente reconocidos y con un nivel de juego más que contrastado? ¿Será a caso que los demás sólo publican lo que ganan pero nunca lo que pierden? Y finalmente me pregunto: ¿No crees que ya has tenido bastante de póker por hoy?

Así­ que me levanto de mi sillón, cojo el móvil, el tabaco, el cenicero y me tiro en el sofá del salón a ver qué ponen en la televisión, con suerte, al ser viernes, ponen un programa de cotilleos y así­ no tengo que ver un programa de póker. 😉

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